Un fin de semana cualquiera en Olón

Al bajarme del bus, veo a varios niños caminando con sus cometas a la mano. Se trata del festival de cometas que se lleva a cabo en la playa, donde a pesar de la firmeza del sol, es posible observar cómo vuelan a gran altura, llenando el cielo con puntos de colores. La gente que participa viene desde Quito, Cuenca y otras ciudades del Ecuador.

Vuelo de cometas.


Entre grandes parlantes que revientan con reggaetón, se escucha la voz del animador diciendo que una cometa azul, la cual es maniobrada por un quiteño, se llevará el premio en esta competencia donde permanecer en la cima es un desafío, ya que algunas personas tropiezan con las piolas. La delgadez y el color blanco no ayudan a que se noten, más bien, las vuelven casi invisibles.

Pese a que llevo pocas horas en Olón, debo trasladarme a Montañita, un pueblo que es reconocido por ser el hogar de cientos de extranjeros. Está a cinco minutos de distancia y voy con la intención de retirar dinero del cajero automático, sin embargo, unas chicas me dicen que la máquina se encuentra fuera de servicio. Por suerte puedo ir a otro que está a pocos metros (allí sólo existen dos cajeros). Aunque para ellas, la única tarjeta que cargan es de Suiza y sólo funciona en ese cajero.

Piel blanca, cabello claro, dos esferas celestes que moldean los ojos, aretes que adornan la nariz y las orejas, y varios tatuajes corresponden a una de las chicas, quien me dice que están pensando en hacer auto stop para llegar a Salinas porque no tienen dónde alojarse ni qué comer; allá es más fácil encontrar un cajero del único banco que pueden retirar dinero.

Mientras tanto, la otra extranjera –rubia, sin ningún adorno en su cuerpo blanco con ojos claros– regresa al cajero que estaba averiado y, milagrosamente, lo encuentra arreglado. Sacan el dinero que necesitan y lo primero que hacen es comprar cerveza Club Verde.

En una de las estrechas calles de Montañita, una pareja de argentinos monta un concierto en vivo. El chico toca la trompeta y la mujer hace vibrar el bombo de la batería, la cual lleva encima unos platillos. El sonido parece de orquesta. La gente empieza a formar un círculo alrededor de ellos. Todos aplauden y les toman fotos; pero al final, cuando piden una contribución por el espectáculo realizado, son pocos los que colaboran con una moneda.

Pareja tocando.

 
Armonizando los pasos.

Luego de varios minutos, dentro de la misma calle, aparece un cantante acompañado por su banda musical y cuerpo de baile. Se encuentran grabando un video. “Déjame quererlo todo, déjame intentar", expresa una parte del coro que se escucha únicamente en la grabadora, nadie en el pueblo sigue la canción. Cuando se encuentran a punto de terminar el rodaje, el director da la orden de repetir la grabación porque la bailarina se equivocó en uno de los pasos finales.

Cantante.

Ya entrada la noche, de regreso en Olón, me dirijo a Ojas, un bar-restaurante donde conozco a un músico llamado Pachi León. Tiene 54 años, de los cuales 25 ha viajado por el mundo. Tiene 2 hijos en Argentina y una hija en Brasil. Su particular sombrero negro con rayas blancas, hace que su presencia no pase inadvertida.

El músico Pachi León.
Tiro al blanco.

Carga su guitarra y una maleta repleta de flautas que él fabrica para venderlas, conocidas como Ruco Pingullo. Provienen de la cultura Cañar, autóctono de los Cañaris. Esta flauta es microtonal, es decir que no tiene ningún agujero, más que el de la parte trasera por donde pasa el aire.

Cuencano de nacimiento, pero hace 11 años vive en Olón junto a su hermano y sobrino, dentro de una casa alejada del pueblo. Tiene una banda conformada por dos de sus hermanos. Muchas veces tocan en la ciudad de Manta. Su música surge de los instrumentos étnicos, aunque también hacen la “normalita” –cantar e incluir guitarra– cuando los clientes les solicitan.

Me comenta que para tocar la flauta Ruco Pingullo es necesario saber la técnica de la respiración continua. “Puedes tocar cinco minutos sin parar. Mientras soplas, vas inhalando aire”, dice. Él no la domina al 100%, es más, aún no la ha aprendido, pero de todas formas se esmera en tocar. Realiza una prueba y el sonido es prodigioso, tanto que hasta un perro que se encuentra en el bar, se le acerca a los pies moviéndole la cola.

Pachi tocando la flauta Ruco Pingullo.

El hermano con el que comparte la casa vivió varios años en la India. Allá aprendió a dominar la técnica de la respiración continua mediante la práctica de mantras milenarios. (Los mantras son sílabas que se repiten un determinado número de veces, y por el ritmo y vibración que producen, tienen el poder de liberar la mente).
                                                                                          
–¿Cómo representas la eternidad en la música? ¿Cómo representas las aves o las estrellas en la música?– Pachi me lanza tales preguntas, y al ver un gesto de confusión en mi rostro, prosigue: “Con estas flautas puedes hacerlo, la música étnica te permite trascender la mente cuando llevas tocando durante bastante tiempo”.

Es un hombre que decidió romper las cadenas con las que el sistema ata a las personas. Para él, estar bien económicamente es vivir con el dinero que le permita comer, viajar y tener un lugar donde dormir. Ese es su objetivo de vida. No le interesa albergar ningún tipo de riqueza material.

En el parque central de Olón, a pocos metros del bar-restaurante, se realiza un evento cultural: cuadros en exposición, una chica sin ropa cubierta de pintura, un señor haciendo globos con formas de animales y un chico dibujando con tiza sobre el asfalto son algunos de los talentos que se observan en el festival; al igual que ciertos viajeros vendiendo sus artesanías, dibujos en camisetas, ilustraciones sobre lienzo y lámparas hechas a mano con diseños modernos.





Artesanías e ilustraciones sobre lienzo.
Camisetas y lámparas.

También hay gente bailando con trajes típicos de la Sierra, moviéndose alegremente gracias a que, sobre la tarima, un grupo musical llamado Incari –proveniente de Quito– hace resonar los parlantes. "Eres chiquita y bonita, eres como yo te quiero, eres campanita”, dice parte de la canción.­­


En medio de la noche, un grupo de personas lanzan al cielo un pequeño globo aerostático de papel, su forma es cuadrada y la parte superior termina en punta. En su diseño se distingue la bandera del Ecuador. El globo brilla enormemente y se eleva hasta desvanecerse en el firmamento. Luego de unos minutos lanzan otro, pero con colores distintos.

Preparando el segundo globo aerostático.

Despegando.

Cuando el reloj marca las 22h30, desaparece la luz en todo el pueblo, la escasa iluminación que se percibe proviene de la luna. La gente que se encuentra en el festival empieza a gritar, pero no es por temor; los alaridos son de euforia porque una banda (integrada por bombos y una batería) continúa tocando para ellos.


Al día siguiente, mientras camino sobre la arena, veo a un chico diseñándole un letrero –utilizando sólo carbón y sus manos– a la señora que vende maduros con queso en la playa. “Ricos maduritos con queso”, es el texto que se observa en el puesto de venta, junto con el dibujo de un maduro que tiene queso caliente encima (caliente porque se ven las siluetas de humo).

Puesto de maduritos con queso.
Juan Pablo diseñando el letrero.

Juan Pablo Ramírez, bogotano de 35 años, estudió diseño gráfico y fue director en la agencia de publicidad JWT en Argentina. Ganó premios en varios festivales como en el Ojo de Iberoamérica. Hizo campañas para grandes marcas como BMW. Pero luego de pasar un tiempo en ese puesto, se dio cuenta que tal estilo de vida no lo llenaba. Necesitaba hacer algo más.

Es por eso que ahora se dedica a viajar y vender camisetas con sus propios diseños (era uno de los vendedores en el evento), y cuando trabaja en publicidad lo hace para microempresarios. También desea impulsar el talento de los artistas, por tal motivo creó Container Bros; un proyecto donde las personas tienen una amplia libertad estética para expresarse, se puede encontrar ilustraciones, performances, videos experimentales, entre otras categorías. La finalidad es generar nuevas experiencias al espectador.

Juan Pablo no se encuentra solo, viaja acompañado de su novia, Yina Gómez. Ella nació en Huila, un pueblo ubicado al sur de Colombia. Estudió antropología, pero al igual que su pareja, necesitaba hacer algo que la llenase completamente. Ahora comercializa bolsos y accesorios hechos a mano, incluso les puso una marca “Bola de Gato” y les creó una página web.

Yina y Juan Pablo observan la efectividad del nuevo letrero.

Llevan siete meses alimentándose sólo de lo que les provee la madre tierra. Me cuentan sobre la existencia de un árbol muy nutritivo llamado Moringa, conocido por la cantidad de vitaminas que posee. Puede crecer en cualquier tipo de suelo y las semillas se las consigue en Mercado Libre, ya que este tesoro nutricional proviene de la India.

Comenzaron a viajar desde octubre, primero fueron a Perú y ahora piensan subir hasta su país natal, donde pretenden trabajar para obtener el dinero necesario que les permita continuar con sus viajes. Llegaron a Olón con la intención de quedarse dos días, pero ya llevan dos semanas acampando en la playa. No es fácil despedirse de este paraíso que regala espectaculares panoramas de la caída del sol.

Caída del sol.
Un excelente hostal para alojarse, The Sea Garden House.

Fotografías por Andrea Gavilanes Aguilera

Crónica ganadora del segundo lugar en el concurso "Escritor por una Noche".

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Creativo publicitario que le gusta escribir, viajar y pasear por el mundo, acompañado por una mochila en la que siempre cargo un libro y una libreta.

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