Manabí: de Ayampe a una playa escondida

Ayampe es un pueblo tranquilo, sin exceso de autos pitando en cada esquina y con algunas calles sin asfaltar. Es común observar a las gallinas, pollos y gallos pasear de un lado al otro. Parece un pueblo fantasma ubicado al comienzo de la provincia de Manabí, donde por esta época del año –mayo a noviembre– es casi imposible nadar en el mar por el frío que hace, aunque existen ocasiones en que el sol aparece y se puede ver uno que otro bañista en el agua.

Gallo Posando.
El ícono de Ayampe.
Lancha.
Pájaros descansando.

La picantería El Paso se presenta como primera opción para almorzar, ya que el otro sitio que nos recomiendan queda lejos para ir caminando. No es buena idea ir con hambre, el tiempo de espera para recibir la comida, sobrepasa el límite de paciencia que tiene el estómago, pero al ver el tamaño de los platos, todo cambia.

Para dormir tranquilamente en Ayampe, es recomendable (o mejor dicho, necesario) ponerse repelente en todo el cuerpo y colgar un toldo sobre la cama. A partir de las 17:30 los mosquitos no tienen piedad por nadie y atacan como pirañas.


Nuestro querido toldo. Hostal Los Orishas.

Los Orishas, aquí nos hospedamos.

A la mañana siguiente nos dirigimos hacia Puerto López, un cantón que, mediante un decreto ejecutivo (No. 15-21, según un artículo en internet) fue declarado Área Turística Protegida. Se encuentra a 20 minutos de Ayampe, y entre los meses de junio y agosto, este pueblo de pescadores atrae a miles de turistas que vienen ansiosos por presenciar una de las maravillas del mundo animal: el avistamiento de ballenas jorobadas.

Nuestra estancia en Puerto López duró poco tiempo, pero fue suficiente para conocer la playa e interactuar un poco con los pescadores. El siguiente paso fue tomar una moto-taxi que nos llevara hasta la playa de Los Frailes.






Pequeño arete que le obsequiaron a Andrea.
Vela cerveza.

En la moto-taxi. 

Para llegar a nuestro destino, primero tenemos que pasar por el túnel de los algarrobos, cuya particularidad se basa en que no lleva cemento en ninguna parte; se construyó naturalmente, gracias a la unión de las ramas de los árboles (algarrobos) que se encuentran en ambos lados de la carretera. El chofer nos dice que si uno pasa durante la noche, da la sensación de transitar por una cueva.

Túnel de los algarrobos.

Siguiendo nuestro recorrido, vemos que a un costado de la vía se encuentra el ingreso a la comuna de Agua Blanca. El precio de la entrada es de $5.00 por persona, pero lamentablemente en esta ocasión no disponemos de mucho tiempo para visitarla. El chofer nos cuenta que, una vez adentro, la gente puede bañarse en agua de azufre y colocarse barro en la cara.

También está la oportunidad de visitar un museo donde se exhiben verdaderas reliquias –como vasijas y sillas– que pertenecieron a las culturas Valdivia, Bahía, Chorrera, Guangala, Manteño y Machalilla. Todos los paseos son perfectamente guiados, ya que la comunidad vive del turismo y se esfuerza enormemente por brindar un excelente servicio.

Un islote nos sorprende a lo lejos justo antes de girar por la calzada que nos lleva a Los Frailes. Los pescadores de la zona lo bautizaron como Horno de Pan debido a su forma. Paramos en la garita, y nos hacen firmar un documento en el cual aceptamos las normas que se deben cumplir para mantener limpia la playa.

Islote Horno de Pan.
Garita.

Avanzamos en la moto-taxi por un camino de tierra. Son cinco minutos aproximadamente hasta llegar a la arena. Es recomendable usar gafas si se viaja en este medio transporte; el auto que iba delante de nosotros, dejaba una estela de polvo que nos cubría por completo.

En un extremo de la playa, vemos un letrero que invita a conocer el mirador Las Fragatas. Son 240 metros que se deben caminar para llegar al final de la montaña. Se sube por un sendero lleno de naturaleza, donde el sonido de los animales es la música de fondo que te acompaña durante todo el recorrido.

Playa Los Frailes.

Andrea entrando al sendero natural.



Se llega a la cima después de 20 minutos de caminata. El viento que golpea tu rostro hace que te relajes del agotador viaje. La vista que se obtiene desde este punto, es única. La infinidad del mar es lo que más se admira del paisaje, al igual que el resto de las montañas.




Clavo y tronco.
Playa de La Tortuga, a lo lejos.

Antes de llegar al final del sendero, hay un desvío que conduce a la playa de La Tortuga. Allí no se puede bañar porque las corrientes marinas son capaces de ahogar a cualquiera, sin embargo, vimos a dos personas nadando.

La playa no es muy grande, pero tiene un pequeño islote a pocos metros de distancia, y a simple vista se percibe un camino de arena cubierto por las olas que, quizás temprano en la mañana, conduce fácilmente hasta el montículo rocoso.

Pequeño islote.
Orilla. 
Entre las rocas, playa de La Tortuga.

De regreso a Ayampe, acudimos a un peculiar restaurante llamado Surf Restaurant, cuya característica principal es el diseño de sus mesas, las cuales te invitan a comer al estilo tradicional japonés; sólo que en lugar de estar arrodillado, puedes cruzar las piernas sin ningún problema.

Surf Restaurant.

Por la noche nos dirigimos hacia el festival de diseño independiente –Ayampe Bazaar Night–, donde el afiche promocional dice que habrá expositores de diseño y moda, también se podrá encontrar accesorios, arte, decoración; además afirma que se disfrutará de buena música y bebidas.

Demoramos más de una hora en hallar el hostal donde se realiza el festival. Una vez en el lugar, vemos que hay artesanías con objetos reciclados, cuadros de pintura, ropa, cremas para la piel, dulces y mermeladas artesanales; también hay una sección donde los niños pueden pintar, aunque ellos prefieren correr por todas las instalaciones.





Una persona toma su guitarra y empieza a tocar un cover de The Beatles, Blackbird. Los dos parlantes son suficiente para el pequeño concierto. Después se incorpora otro cantante, acompañado de igual manera por su guitarra. Más de la mitad de las personas que se encuentran en el evento son extranjeras, y en sus manos cargan un pedazo de pizza o una cerveza.




Luego de abandonar el festival, tuvimos que caminar por calles extremadamente oscuras para regresar a nuestro hostal. No se veía nada. Y cuando pasamos junto al cementerio, escuchamos pasos que se acercaban rápidamente por detrás de nosotros, pero antes de que el corazón saltara de su lugar, nos dimos cuenta que se trataba de dos niños que salían del evento y corrían por el temor que provocan estas calles apagadas.

Último destello de luz.
Penumbra.
Cementerio de Ayampe.

Al día siguiente, nuestro último destino es la paradisiaca Playa Dorada. Un lugar casi secreto que antes sólo se podía ingresar en bote, y no fue hasta hace un año que abrieron un camino para llegar vía terrestre. Para entrar hay que caminar (aunque a veces ingresan vehículos) durante 20 minutos por un suelo de tierra, entre grandes árboles y monte, muy parecido la selva.


Casi a la mitad del trayecto, escuchamos unas voces, parecían personas conversando. A diferencia de la noche anterior, esta vez no apareció nadie. Gracias a que era de día, el miedo no se hizo presente. Decidimos pensar que se trataba de alguna familia que tenía su casa entre los arbustos, y con ese pensamiento continuamos nuestro recorrido.

Una playa escondida de la explotación del hombre, un tesoro oculto y magnífico de la naturaleza. Denominada Playa Dorada por el color de su arena, la cual es un regalo para los pies de quien la visita. El mar no se ve muy amigable para nadar, a pesar de que el color de sus cautivadoras olas es una mezcla entre verde y celeste claro.

Playa Dorada.



Tiene una formación de pequeñas cuevas, y al tocar las paredes rocosas, me llamó la atención que estas estuvieran húmedas, incluso vimos algunas goteras. Parece que en el transcurso del día –quizás al anochecer– el agua sube hasta dos metros de altura o mucho más.

Pero no nos quedamos para comprobarlo, suficiente con que el mar nos haya acorralado y tapado hasta las pantorrillas. Queríamos la playa para nosotros solos, pero habían dos familias, y después llegaron más personas.

Cueva.
Reunión de Caracoles.
Sobre las rocas.
Rostro de perfil.

Este edén es único, una vez que llegas, no quieres irte. No en vano muchas personas afirman que es la mejor playa de la costa ecuatoriana. Su tranquilidad te transporta a los tiempos en que no existía contaminación sobre la tierra. Esperemos que siga así, por tal motivo, seguiré manteniendo en silencio su punto de ubicación.

Fotografías por Andrea Gavilanes

2 comentarios:

  1. Andrea, que hermoso relato, bellísimas fotos. Ayampe es un lugar que enamora y te intoxica de belleza, paz y surrealismos.

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    1. Hola!
      Muchas gracias!!! El relato y texto lo hizo Samir Issa, mi novio. Yo aporto con las fotografías (:
      Así es, Ayampe es cuna de amor y relax total, nos gustó bastante!!!!

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Creativo publicitario que le gusta escribir, viajar y pasear por el mundo, acompañado por una mochila en la que siempre cargo un libro y una libreta.

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