Se le vino el mundo abajo

Por la mañana, Joaquín prendió la televisión y las noticias decían: Sismo de 5,5 grados ocurrió en Perú, sismo de 6 grados golpea la costa de Colombia, sismo de 7 sacude a Chile.
Se puso nervioso, y más aún cuando vio que la gente comentaba, en Facebook y Twitter, que pronto habría un sismo en Ecuador; así que decidió llamar a su mujer, Amanda, que se encontraba en otra ciudad. Antes de terminar de marcar el número. Sucedió.

No fue un sismo cualquiera, esto se convirtió en terremoto. Su departamento se sacudió bruscamente. No sabía si pararse bajo el marco de la puerta como siempre le había dicho su abuelo, o, si acostarse alado de la cama como vio en un mail que le enviaron meses atrás.

Antes que pudiera tomar una decisión, su departamento, que era el cuarto y último piso, se convirtió en planta baja.

Repisas, muebles y paredes se derrumbaron. De escuchar gritos y lámparas cayéndose, Joaquín pasó a oír nada; veía oscuridad. No sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados, y a pesar de sentir todas las extremidades del cuerpo, no podía moverse. Pedazos de concreto lo rodeaban completamente. Optó por gritar. Gritaba como si quisiera expulsar su alma por la boca.

Después de 30 minutos, seguía sin oír otro sonido que no fuese su voz. De repente, su celular sonó. No sabía dónde estaba, pero lo escuchaba cerca. Quería girar su cabeza, pero no pudo mas que mover sus ojos.

Decidió mover uno de sus brazos sin importarle el dolor. Luego de varios intentos desesperados, logró desprender su brazo izquierdo de un pedazo de ladrillo.

Buscó el móvil rápidamente a ciegas entre los escombros; en el momento que lo tomó, dejó de sonar. Y al presionar el trackpad (botón principal) se dio cuenta que, por la foto de fondo de pantalla, ese no era su celular, sino el de un inquilino del segundo piso, cuya llamada perdida, era la de Amanda.

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